
PEDIDOS AQUÍ
Aún guardo un nítido recuerdo. El fuego de la chimenea iluminaba la escena. Tendría yo unos 8 años, y escuchaba sin pestañear a mis abuelos, que compartían conmigo sus recuerdos de tiempos pasados.
En el centro, el tocón de una vieja encina. Sobre él, con la ayuda de un pequeño martillo, abríamos las almendras que nos alimentarían durante el invierno. Sus cáscaras crujían al ritmo de nuestra conversación.
Yo, que me crié en una pequeña ciudad próxima al pueblo de mis abuelos, les admiraba. Mi abuelo demostraba que tenía la misma fuerza que un treintañero cada vez que le retaban a un pulso. Y mi abuela… mi abuela sigue trabajando su huerta a sus casi 90 años.
En su mesa, nunca faltó la leche de las ovejas que ellos mismos ordeñaban, la carne de los cerdos que alimentaban durante todo el año, ni las frutas y verduras de los árboles y huertos que plantaban y regaban.
Tampoco les faltó nunca la miel. Las abejas las cuidaba un tío de mi abuela, que les bajaba del monte grandes tinajas de barro de una miel clara que hacía las veces de medicina y combustible para sus cuerpos curtidos en el trabajo duro y radiantes de vitalidad.
La gran ciudad y la universidad nunca borraron en mí ese recuerdo.
Dicen que la cabra tira al monte, y así fue. Distintos proyectos de agroecología y ganadería extensiva en los que colaboré activamente, fueron mi escuela.
Terminé de estudiar la carrera de biología y rechacé continuar. Ni en la universidad, ni trabajando en una oficina, ni en nada que no tuviera de fondo los montes interminables de mi pueblo, Santa Gadea.
Y así surgió la idea. Monté un pequeño colmenar.
Pero mi criterio estaba claro: nada de tratamientos extraños, ni mieles adulteradas, quería la misma miel que probaron mis abuelos.
Seguro que te pasa igual que a mí, y cada vez que pasas por el estante de la miel en el supermercado dudas de si quienes han dejado frente a ti esos tarros buscan alimentarte o experimentar contigo.
Hoy lo hacen de mil maneras, mezclan unas mieles aceptables con otras de calidad nula, o las mezclan con siropes, azúcares y un ciento de guarradas con las que no darías de comer ni a tu peor enemigo. En fin, que todo el mundo desconfía. Y es normal, te están vendiendo azúcar a cinco veces su precio, y además de estafarte están colando en tu cuerpo puro veneno.
Mis colmenas se encuentran en las faldas del monte Mancubo, uno de los picos más altos del parque natural de los Montes Obarenes, en la frontera de Burgos con Álava. Bajo un denso bosque de encinas y madroños, practico una apicultura similar a la que practicaban mis antepasados.
Nunca muevo mis colmenas. Al contrario de quienes desplazan sus abejas de un lugar a otro, yo prefiero la opción que más se parece a lo que ocurre en la naturaleza. En el bosque, las abejas tienen por refugio los huecos de los árboles más viejos, o las fisuras de las rocas.
Y recogen, de su entorno, todas las floraciones, de la primera a la última.
Así es esta miel, distinta de las que sólo se componen de un tipo de flor. Por eso, contiene en su interior todas las flores cuyo néctar es apreciado por las abejas, desde que abre la zarzamora hasta que cierra el brezo. Cada frasco, lleva dentro toda la diversidad que ofrecen estos montes.